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La escritora participó en estos diálogos con poetas contemporáneos en conversación con los clásicos hispánicos. Un ensayo por Geovanni Campisi.

Este volumen nace de una convicción profunda: la poesía, en todas sus épocas, es un territorio donde la humanidad se reconoce, se interroga y se abraza. Las voces contemporáneas que aquí se reúnen, procedentes de España, América Latina, Israel, Italia, Austria y otros horizontes culturales, dialogan con los grandes autores de la tradición hispánica no para imitarlos, sino para continuar una conversación que nunca ha dejado de resonar: la conversación sobre la paz, la dignidad, la memoria y la esperanza.

Cada análisis comparativo que compone este libro es un puente. Un puente entre tiempos, entre sensibilidades, entre heridas y anhelos. Los poetas actuales escriben desde un mundo convulsionado por guerras, exilios, desigualdades y pérdidas; los clásicos, desde sus propios abismos históricos y espirituales. Pero todos comparten un mismo impulso: transformar el dolor en palabra, la palabra en conciencia y la conciencia en un gesto de humanidad.

En estas páginas, la paz no aparece como un concepto abstracto ni como un ideal distante. Surge como una tarea íntima, ética, cotidiana. Para algunos autores, la paz es un legado; para otros, una herida que aún sangra; para otros, una flor que insiste en abrirse incluso bajo el rocío helado del sufrimiento. Los clásicos hispánicos, Machado, Quevedo, Bécquer, Lugones, Maragall, Vallejo, no son figuras de museo: son interlocutores vivos que iluminan, cuestionan y enriquecen la lectura de los poetas contemporáneos.

Este libro propone, por tanto, una lectura doble: mirar el presente con los ojos del pasado y mirar el pasado con la sensibilidad del presente. En ese cruce de miradas surge una verdad luminosa: la poesía es un acto de resistencia, un refugio, una brújula moral. Y, sobre todo, un espacio donde nadie debe quedar atrás.

Que estas páginas inviten al lector a escuchar las voces que aquí se encuentran, a reconocer en ellas un eco propio y a descubrir que, incluso en los tiempos más oscuros, la palabra sigue siendo un lugar donde la paz puede nacer.

Porque la paz, como la poesía, es un diálogo. Y este libro es una invitación a participar en él.

G. Campisi

BUENOS Y SABIOS VIENTOS

Bella Clara Ventura

La marea me trae sueños.
En cada ola aparecen letras.
Húmedas se deslizan por mi rostro.
La P se instala en los ojos.
La A en el olfato.
La Z encaja en los zapatos.
Camino la paz sin pisar sus misterios.
Se entrega con su música.
Celestial y divina invade mi cuerpo.
En la boca se instala su presencia.
Un llamado se hace sonoro.
Precisa de su canto.
El corazón alberga el sentimiento
de saberla nuestra.
La acaricio de día y de noche.
Me desvela por un momento.
La anhelo para el semejante
que entienda que la paz
es nuestra esencia.
Regalo de un trabajo interior,
merecedor del aplauso.
Perfume de humanidad.
Rocío de cada mañana en su despertar.
Vientos sabios y buenos.
saben donde atracar su belleza.
Imparte sus dones.
Dádivas del amor.
Surtidor de bienestar.
Fuente de esplendores.

Bella Clara Ventura, poeta y novelista colombo mexicana israeli. Con más de 40 libros en su haber, publicados en diversas partes del mundo con traducciones y numerosas preseas. Invitada a múltiples encuentros literarios en los cinco continentes. Doctorado Honoris causa en el 2010 por la Academia de Arte y Literatura de Los Estados Unidos. Declarada como una de las 50 mujeres más importantes de la cultura por la Universidad Santo Tomás de Bogotá. Nunca cesa de escribir porque para ella la escritura es vida y su sentido de ser y de proyectarse. Ama las letras, con ellas se engolosina y hace camino al andar.

Bella Clara Ventura y Jacobo Fijman: dos sensibilidades místico-poéticas unidas por la búsqueda interior de la paz

La poesía de Bella Clara Ventura en Buenos y sabios vientos se abre como una experiencia sensorial y espiritual. La paz no es aquí un concepto abstracto ni un ideal social: es una presencia viva que se encarna en el cuerpo, que se desliza por los sentidos, que se instala en los ojos, en el olfato, en la boca. La autora convierte la palabra paz en un organismo que respira, que vibra, que se entrega con música “celestial y divina”. Cada letra —P, A, Z— se vuelve un signo que toca la piel, que acompaña el caminar, que guía una transformación interior. La paz es esencia, perfume, rocío, dádiva, fuente. No se conquista: se reconoce. No se impone: se despierta.

Esta manera de concebir la paz como un fenómeno íntimo, casi místico, encuentra un eco profundo en la obra de Jacobo Fijman, el gran poeta argentino de origen judío nacido en Moldavia pero formado y consagrado en México, figura singular de la poesía hispanoamericana. Fijman, como Ventura, entiende la experiencia espiritual como un proceso sensorial y luminoso. En sus poemas, la luz invade el cuerpo, la palabra se vuelve revelación, y la paz —aunque rara vez nombrada— aparece como un estado de gracia, como un resplandor interior que transforma la percepción del mundo.

Ambos poetas comparten una sensibilidad que podríamos llamar místico-corpórea: la espiritualidad no se vive en el pensamiento, sino en la carne. Ventura escribe: “La paz invade mi cuerpo”. Fijman, en muchos de sus versos, deja que la luz “entre por los ojos”, “queme el alma”, “purifique la sangre”. Los dos conciben la experiencia interior como un acontecimiento físico, palpable, que atraviesa los sentidos y los resignifica.

La diferencia entre ellos está en la dirección de esa experiencia. Ventura se mueve hacia la celebración: su poema es un canto, un abrazo, una caricia. La paz es un regalo, un perfume, un rocío que despierta la humanidad. Fijman, en cambio, se mueve hacia la ascensión: su poesía es más austera, más desnuda, más marcada por la búsqueda de lo divino en medio del sufrimiento. Donde Ventura acaricia, Fijman purifica. Donde ella danza con los vientos, él se eleva hacia la luz. Pero ambos coinciden en que la paz es un trabajo interior, un estado que se alcanza desde la transformación del alma.

Hay también una afinidad en la manera de relacionarse con el lenguaje. Ventura juega con las letras, las distribuye en el cuerpo, las convierte en signos vivos. Fijman, desde su tradición mística, también concibe la palabra como un instrumento de revelación: cada término es una llave, un símbolo, un puente hacia lo invisible. Los dos poetas creen en la palabra como fuerza creadora, como espacio donde lo espiritual se hace materia.

Y, sin embargo, la afinidad más profunda entre ambos está en la convicción de que la paz —como la poesía— es un don que se recibe y se comparte. Ventura escribe: “La anhelo para el semejante… que entienda que la paz es nuestra esencia”. Fijman, desde su silencio luminoso, también sugiere que la luz interior solo tiene sentido cuando se irradia hacia los otros. La paz, para ambos, es un estado que se expande, que se contagia, que se vuelve un bien común.

Así, puestos uno frente al otro, Bella Clara Ventura y Jacobo Fijman parecen conversar desde dos geografías distintas, una colombiana-mexicana, otra judío-mexicana, pero con una misma sensibilidad: la certeza de que la paz no se encuentra afuera, sino adentro; que es un viento sabio que sabe dónde atracar; que es un esplendor que nace del trabajo interior y se convierte en un don para el mundo.

G. Campisi